Rhapsody, los inventores del Metal Sinfónico

Acompañadme, por favor, en un viaje a un pasado no muy lejano: en concreto hasta 1997, año en el que apareció el primer disco de la banda italiana Rhapsody. Servidor de ustedes, por aquel entonces, era un apasionado seguidor de las bandas más extremas del Metal y, cierto día invernal, llegando en coche a Madrid, escuché en la radio a este grupo del que quería hablaros hoy. De entrada, tanta melodía y coros y teclados sinfónicos, me sonó muy poco Black o Death, así que, en mi mejor pose ‘extrema’, arrugué el morro y deseché la cuestión. Peeeeero, aquella musiquilla que escuché tan brevemente y a la que los propios locutores radiofónicos (tan ‘extremos’ como yo o más), le concedieron una condescendiente atención, se había instalado en mi mente sin remedio; como en aquel episodio de los Simpson en el que Homer se convierte en payaso tras haber visto un anuncio de un circo en una valla publicitaria cuyo recuerdo le asalta una y otra vez.

Pues algo parecido me sucedió a mí, de tal manera que, al poco de aquella fortuita escucha, hallándome en Madrid Rock, me topaba en la estantería de la R con el primer disco de Rhapsody, ¡¡que casualidad!!, y me lo llevaba a casa escondido bajo mi negra chupa de cuero adornada con patches de Obituary y chapas de Darkthrone y Emperor. Ya desde la primera escucha me engancharon sin remedio, «¡¡que carajo, al diablo con la pose extrema!!», me dije, «esto hay que disfrutarlo». Y desde entonces, con más o menos disimulo (😉), empezó mi historia de amor con la barroca y maravillosa música de las huestes de Luca Turilli y Alex Staropoli. Escuchemos ya algo para entrar en materia:

Rhapsody se fundaron en Trieste en 1993 de la mano de los ya citados Turilli, a la guitarra, y Staropoli, en los teclados, armas ambas fundamentales para los presupuestos musicales de una banda que pretendía hacer Power Metal, pero que acabaron siendo los reyes de un subgénero que se denominó Metal Sinfónico. Sumándose a la corriente que imperaba en aquellos años en el Power Metal europeo, pero impregnando sus composiciones de barrocos arreglos orquestales clásicos y omnipresentes teclados para crear espectaculares melodías aderezadas con afiladas guitarras metaleras y aceleradas bases rítmicas, características del más puro Power europeo y sin olvidar, por supuesto, la armoniosa potencia vocal de Fabio Leone; supieron formular una propuesta novedosa y muy atrayente que cuajaría con un enorme éxito mundial.

Un cóctel que dio frutos deliciosamente sinfónicos, recargados en más de una ocasión, si se quiere, pero que engancharon sin remedio a miles de metaleros del mundo entero y abrieron la puerta al virtuoso mundo de la música Clásica. Además, acompañando a la música se puede seguir (a lo largo de cinco discos, nada menos) la fantasía épica denominada Emerald Sword Saga, que protagoniza el Guerrero de Hielo (Warrior of Ice en inglés), un valiente y feroz guerrero que salió en busca de la legendaria Espada Esmeralda, la cual le dará el poder para derrotar a Yalendorf, el Señor Oscuro de esa tierra de leyenda en la que transcurre la historia. Sí, un poco friki, sobre todo para los que ya peinamos canas, pero la ventaja de no ser angloparlante (alguna tenía que haber) es que te puedes abstraer por completo de las letras y disfrutar a tope de la música.

En realidad esos cinco discos, los primeros de Rhapsody, que aparecieron entre 1997 y 2002 (Legendary Tales (1997), Symphony of Enchanted Lands (1998), Dawn of Victory (2000), Rain of a Thousand Flames (2001), Power of the Dragonflame (2002)), son los que realmente construyeron la reputación de Rhapsody, cinco trabajos que no tienen desperdicio y que, en mi opinión, siguen una línea ascendente que tiene su pico más alto en Dawn of Victory, para después ir descendiendo ligeramente hasta el corte que supuso Symphony Of Enchanted Lands II: The Dark Secret, que suponía el comienzo de una nueva saga épica y, también, algunos y decisivos cambios en la forma de afrontar la creación musical. 

A partir de ese momento, las cosas empezaron a no funcionar del todo bien, tanto en lo musical como en lo relativo a lo comercial: problemas con otra marca del mismo nombre, obligaron a transformar el ya muy reconocible Rhapsody para los metaleros del mundo, por Rhapsody of Fire, cosa que pareció coincidir con la bajada de nivel de la gran banda italiana. Empezaron a sucederse idas y venidas de músicos, disputas con productoras y enfrentamientos varios que, por desgracia, acabaron por dejar atrás los años de gloria de Rhapsody.

En aquella gran primera época yo los escuché hasta la saciedad, me tenían absolutamente encantado, pero a raíz del  Symphony Of Enchanted Lands II: The Dark Secret me fui olvidando de ellos y, hasta hace bien poco, podrían haber pasado fácilmente 10 años sin haberme acordado de ellos más que cuando repasaba la estantería de mi discoteca en la que están colocados sus CD’s. Pero hará cosa de un mes, me entraron ganas y me puse el Dawn of Victory, factor que ha vuelto a desencadenar mi furor por los italianos, de modo que los estoy, digamos, redescubriendo y disfrutando por todo lo alto. Una gozada. No dejéis de descubrirlos o, como yo, REdescubrirlos.

 

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2 comments

  1. No es que sepa mucho del asunto pero me gusta el estilo, al igual que el power metal, con el que está emparentado. De hecho, hay grupos como Stratovarius, Nightwish y otros que participan de ambas corrientes metaleras. A estos italianos no los conocía, pero no me extraña que un grupo de ese país sea el inventor del género; lo llevan en su manera de entender la música, por ejemplo el progresivo italiano tiene mucho de operístico y, en general, de préstamos de la música clásica. Tomo nota de estos Rhapsody. Buen fin de semana, Alex. Abrazos.

  2. Te van a gustar Raúl, de hecho, me sorprende que no los conozcas: estaba convencido de que sabrías de su existencia al menos. Y, en efecto, llevan en los genes ese sinfonismo tan propio de la escena Prog italiana de los 70’s. ¡¡No los dejes pasar!!
    Abrazos!!

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