40 años de The Wall, tan sólido como el primer día

Mañana, 30 de noviembre de 2019, se cumplirán cuarenta años desde la publicación de uno de los discos más esperados y, a la postre, más vendidos de la historia del Rock: The Wall de Pink Floyd. Un disco doble en el que Roger Waters, erigido motu proprio en líder y administrador de un, ya por entonces, importante legado, desclasificaba obsesiones, miedos y fobias varias que le habían acompañado desde la infancia. The Wall era (y es) un ejercicio musical de introspección que se podría calificar, como poco, de perturbador y que, aparte de encumbrar a Pink Floyd definitivamente como unos auténticos titanes de la música, puso los primeros ladrillos de una de las agonías más largas, amargas y decepcionantes que ha vivido la historia del Rock. La enemistad entre WatersDavid Gilmour, Nick Mason y, sobre todo, Richard Wright, empezó con The Wall, y se consolidó con fuerza con The Final Cut.

No es extraño que en el primer párrafo haya escrito en dos ocasiones «historia del Rock» hablando de The Wall porque es uno de esos discos que han contribuido a crear algunos de los modelos, estereotipos y grandes canciones que han dado forma al Rock durante los últimos, pues eso, cuarenta años. Temas como Another Brick in the Wall o Comfortably Numb son inmensamente populares y se siguen radiando en emisoras de todo el planeta, enganchando a nuevos seguidores cada día; aunque la verdadera grandeza de The Wall esté en su escucha y comprensión global. Un disco que cimentó la fama de Pink Floyd pero que acabaría destruyéndolos.

Una escucha que nos lleva, a través de un alter ego de Roger Waters, a vivir la soledad y el aislamiento a que puede condenar la fama, levantando un muro de ladrillos invisibles pero tan sólidos como los de hormigón, que destruye a la persona, dejándola vacía y fría, sin calor humano. La vida se ha situado más allá del muro, pero para llegar hasta ella es necesario derribarlo y esa es una tarea que requiere de una enorme fuerza de voluntad para reconocer y destruir, ladrillo a ladrillo, cada uno de los impedimentos mentales que lo fueron conformando.

Todo ello, explicado canción por canción está, hoy día, en cientos, quizá miles, de documentos que circulan por Internet, al alcance de cualquiera, así que no diré mucho más acerca de la intra-historia de The Wall. Yo mismo, hace un tiempo, traté de analizar una improbable trilogía de Waters en la que The Wall jugaba su imprescindible papel. Lo que sí voy a hacer es tratar de expresar qué es lo que supuso para un niño de 10 años esperar, buscar y descubrir ese disco. Un niño que, por supuesto, fui yo hace cuarenta años.

Servidor de ustedes, con 10 años ya era un férreo admirador de Pink Floyd gracias a esa maravilla que es Wish You Were Here y trataba, ya metidos en 1980, de encontrar amigos y familiares que compartieran (o pudieran llegar a compartir) esa pasión. Y, cómo no, los hubo. Entre emisoras de radio, periódicos, revistas y el Discoplay, llegué a saber que Pink Floyd habían publicado un nuevo disco y que se llamaba The Wall: era la primera vez que asistía al nacimiento de un disco de Pink Floyd y, sin saberlo, acerté a concederle el valor que iba a llegar a tener, pues tan solo habría cuatro acontecimientos similares a lo largo de los siguientes cuarenta años. Y ninguno llegaría a tener aquel delicioso sabor de la expectativa que sólo un chaval de 10 u 11 años es capaz de desarrollar.

No recuerdo bien cuanto tardé en escuchar por primera vez The Wall, aunque sí que lo hice en casa de un tío mío admirando la preciosa portada que, en mi memoria, brilla con una luz que es imposible que llegara a reflejar el satinado del cartón del que estaba hecha. Y era suave. Y olía a gloria. Y sonaba… ¡¡¡Dioses todos, cómo sonaba!!! Eso fue, claro, lo mejor de todo y ya se instaló en mi cerebro para siempre. Al poco tiempo había memorizado la mayoría de las letras del disco a base de pasarme una y otra vez por casa de mi tío y desentrañar la críptica tipografía de «escritura a mano» tan característica de The Wall. Es curioso como las cosas que se aprenden con esa edad permanecen en la memoria, pues todavía hoy recuerdo esas letras y puedo cantar el disco de principio a fin.

Otro de los recuerdos que me ligan a The Wall es de poco después, en mi casa, con un amigo que no recuerdo exactamente quién era, pero con el que, de micro de cassette a micro de cassette, grabé sobre una cinta de mi madre una grabación del disco de otra cinta similar: recuerdo perfectamente el horrible sonido y que si escuchabas atentamente, por detrás, a lo lejos, aún permanecía la voz de María Dolores Pradera. Un desastre. Con eso me tuve que conformar durante bastante tiempo hasta que, con paciencia, pude ahorrar lo suficiente para comprar el preciado vinilo.

Para colmo de mi admiración y felicidad, hubo una película. Ya hablé en este vuestro blog de la enorme expectación que supuso para mí ese estreno en una entrada en la que recuperé algunos recortes que aún conservo de publicaciones de 1982 u 83 y que me estuvieron acuciando durante años: para ver la película, que nunca se estrenó en mi pueblo ni cerca, tuve que esperar hasta el año 89 ó 90 cuando, ya estudiando la carrera, la repusieron en un cine al que iba habitualmente. Eso sí, durante la semana que estuvo en cartelera, no falté ni un solo día. Por supuesto, hoy tengo dos ediciones remaster en CD de The Wall, el vinilo, el CD doble Is There Anybody Out There? en vivo, la versión Immersion y el DVD ‘de luxe’ de la película. Y cuando se dignen a sacar alguna grabación de calidad en DVD de los pocos conciertos que dieron en la gira de The Wall y que casi los arruinan, me la compraré, porque, estoy seguro, esas grabaciones tienen que existir y no las cutres que os he puesto, que es lo único que hay por la red.

En fin, amigos y amigas, para datos, explicaciones y demás ya tenemos Internet, pero me gustaría pensar que muchos de vosotr@s tenéis una relación tan especial como la mía con este disco que, por supuesto, escucharé estos días para celebrar que ya tiene, casi nada, cuarenta años.

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3 comments

  1. Muchos recuerdos en esta entrada, Alex, gracias por compartirlos con nosotros. Recuerdo muy bien cuando llegó este disco a España; he de decirte que, para nuestro grupo del instituto, al principio fue una pequeña decepción, sobre todo cuando nos acordábamos de los tres anteriores trabajos de Pink Floyd, aunque gran parte de nuestra decepción era un poco fingida, en realidad nos daba rabia que ese nuevo disco fuera tan popular, llegara a tanta gente y tuviera tanto éxito, es como si se hubiera hecho público nuestro secreto. A medida que fuimos escuchando el disco empezamos a reconocer (un poco a regañadientes) que era muy bueno, a la vez que no entendíamos como esos mismos que decían amar a Pink Floyd en realidad sólo conocían este disco. La película fue otro acontecimiento, todo un atrevimiento que dividió a mucha gente; creo que, viendo la peli por primera vez, fue cuando empecé a darme cuenta de lo grande que era este disco, que, además de música, nos proponía una historia, una reflexión existencial y una catarsis de la banda. Un abrazo.

  2. yo tenía 13 años cuando un amigo de mi hermano mayor al que por cierto nunca le llamó la musica, le presto este disco y para mi fue toda una conmoción al escuchar por primera vez un disco de ese calado en un viejo tocadiscos de maleta con doble altavoz y en sonido mono….Fue el primer disco serio que recuerdo y que forjo mucho el estilo de música que me iba a gustar en el futuro…saludos

  3. Enhorabuena para todos. Me ha resultado especialmente interesante tu recuerdo de la cinta con maría dolores pradera de fondo. Muy pinkfloydiana la mezcla. Vera lynn y la Pradera por fin cantando juntas. Gracias, Ale. La peli me sumió en una crisis existencial de la que salí con la convicción de querer estar en el bando de los bleeding hearts. Con el tiempo, sigo pensando que es lo mejor de waters con Pink pero sigo prefiriendo Pink Floyd con Roger. Abrazos.

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